“Esta es mi madre”

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Siempre recuerdo aquellas palabras de un anciano sacerdote que desde el pulpito en cada día de las madres, nos declamaba aquel hermoso panegírico de autor desconocido, con el que expresaba bellamente lo que significa este ser insustituible llamado madre: “Hay una mujer que tiene algo de Dios por la inmensidad de su amor, y mucho de ángel por la incansable solicitud de sus cuidados; una mujer que siendo joven tiene la reflexión de una anciana, y en la vejez, trabaja con el vigor de la juventud; una mujer que si es ignorante descubre los secretos de la vida con más acierto que un sabio, y si es instruida, se acomoda a la simplicidad de los niños; una mujer que siendo pobre, se satisface con la felicidad de los que ama, y siendo rica, daría con gusto su tesoro por no sufrir en su corazón la herida de la ingratitud; una mujer que siendo vigorosa se estremece con el llanto de un niño, y siendo débil, se reviste a veces con la bravura del león; una mujer que mientras vive no la sabemos estimar, porque a su lado todos los dolores se olvidan, pero después de muerta, daríamos todo lo que somos y todo lo que tenemos por mirarla de nuevo un sólo instante, por recibir de ella un sólo abrazo, por escuchar un sólo acento de sus labios...

De esa mujer no me exijáis el nombre si no queréis que empape con lágrimas vuestro álbum, porque ya la vi pasar en mi camino. Cuando crezcan vuestros hijos leedles esta página, y ellos, cubriendo de besos vuestra frente, os dirán que un humilde viajero en pago del suntuoso hospedaje recibido, ha dejado aquí, para vos y para ellos, un boceto del retrato de su nombre.”

La primera mujer de nuestra vida por prelación cronológica e ineludible es la madre; irrumpimos en la vida haciendo llorar a una mujer, esa es nuestra primera gran hazaña, todo un símbolo y un anticipo, hacerla llorar desgarrándole las entrañas a la mujer que más nos ama. Y ahí está ya el vínculo más íntimo y profundo que nos ata a nuestras madres: el dolor. Y ese dolor del parto es solo el primero de una cadena de dolores sucesivos que nos ata a nuestra madre, en el parto acaba el dolor biológico de engendrarnos y darnos a luz y empiezan los infinitos dolores espirituales de hacernos hombres.


La medida entrañable de la maternidad y la filiación es el dolor y cuanto más vale un hijo más dolores cuesta. Desde que cortan el cordón umbilical que nos ata biológicamente a ella comienza la separación; sobre todo cuando ya no la necesitamos y cuando empezamos a caer en la cuenta que sabemos más que ellas; y nos empezamos a sentir superiores a ella y damos un paso más ¡cállate mama! Que vas a entender de arte abstracto, de música moderna, o de electrónica, de física nuclear o de canción protesta y concluimos, como vas a entendernos mama, tú no sabes nada.


Sin embargo nuestra madre es nuestra primera maestra la demás honda huella en nuestra vida no tendrá carrera universitaria ni bachillerato elemental, tal vez escribe con errores ortográficos no es doctor en historia, pero es doctora en los criterios cristianos de la vida, no es catedrático de medicina, pero que bien regenta la cátedra viva del dolor y el sacrificio; no es profesora de matemáticas pero si es profesora perfecta de bondad, no es entrenadora de deportes pero si entrenadora de hombres para las luchas de la vida.

Sabe poco, enseña aparentemente poco, pero ese poco que enseña, es el hondo cimiento humano donde se apoya todo lo que aprenderemos después; y cuando ya estamos de vuelta de todas las cosas, cuando se nos desploma el mundo mentiroso de las apariencias y de los juegos fatuos, nos refugiamos en aquello poco, elemental y transparente que nos enseñó nuestra madre y que llevamos, guardado e intacto en lo más recatado y seguro de nuestro ser.


Esta es mi madre, les decía a los periodistas el cardenal de Bombay, enseñándoles la foto de una dulce y arrugada anciana, esta es mi madre, no sabía leer pero ella me enseño lo más precioso de mi existencia.


La lección, la cátedra, la universidad de nuestra madre se reduce a una elemental fórmula sagrada: ¡Que seas bueno hijo! y su examen universitario a una sencilla pregunta mil veces repetida: ¿Hijo eres bueno? Esa es su síntesis y por ella se acerca a Dios y Dios se acerca a nosotros en ella.
Padre Pacho

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