Espumas que se ven

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Gustavo Colorado Grisales

Tengo una compañera de trabajo que vive aterrorizada por los medios de comunicación.
Sus niveles de colesterol y de secreciones gástricas se disparan cada vez que ve y escucha noticias sobre asuntos como:


Magistrados  corrompidos hasta el tuétano.
Congresistas prestos a atender las exigencias de quienes financiaron sus campañas en lugar de los intereses de quienes los eligieron.


Colegiales que se drogan con jarabe para la tos.
Expresidentes que amenazan con darles en la cara a los maricas y a todos los demás.
Actrices, modelos y reinas de belleza que un día ascendieron a punta de sexo y  veinte años después de cumplidos sus deseos decidieron presentarse como víctimas.

Grupos políticos que se roban los dineros de los niños, de los ancianos, de los campesinos.Organizaciones sociales creadas con el único fin de apropiarse los recursos para la paz.Personas que se mueren esperando una cita médica mientras el negocio de la salud no para de crecer.


Pulcrísimos padres de familia  dedicados al negocio de la pornografía infantil.
Caricaturistas amenazados por ejercer el derecho a la risa.
Exguerrilleros que siguen delinquiendo a pesar de haber suscrito acuerdos de paz.
Redes sociales  en las que se propagan la calumnia y la mentira y,  además, se las cobija bajo un eufemismo pomposo y huero: posverdad.


Terratenientes que ordenan masacres  para no devolver los predios que una vez usurparon.
Potentados como Trump y Putin que amenazan a sus súbditos con la inminente exterminación.
Y   aquí suspendo la letanía, porque el aliento no me da para más.

Además, cuando termine de escribir esta entrada ya habrá aparecido  otra ristra de escándalos que nunca conducen a puerto alguno, porque la trampa reside en hacerles creer a las personas  que el abordaje noticioso equivale en sí mismo a un acto de justicia y no a un espectáculo que acaba por beneficiar a los delincuentes.


La solución es simple, le digo a mi compañera: desconecte el televisor, apague el radio y renuncie a las redes sociales. En su lugar léase un buen libro (La caverna de Platón podría ser una buena manera de empezar). O escuche la Sinfonía  Cuarenta de Mozart. Es una maravilla para alegrar  el alma y apaciguar los nervios (en cualquier caso es mejor que el Sosegol y el Prozac).


Pero  si no le gusta leer o escuchar música- insisto-  vuelva al más antiguo y grato de los inventos para reconfortar el cuerpo y el alma: ¡Échese  un buen polvo!  Preferiblemente clandestino: está comprobado que  tiene más propiedades curativas que las aguas termales. Es asunto de imaginación.

¡Pero si los ciudadanos necesitamos estar informados! Grita al borde de un ataque de nervios.Preocupado por su salud, reprimo la tentación  de decirle que se joda. Entonces, apelo a la persuasión.


Sucede que la información es el producto que más se consume hoy en el mundo. Mucho más que la comida, por ejemplo.
Piensen nada más en un detalle: Si uno  tiene el privilegio de comer, se alimenta en promedio unas dos o tres veces al día.


En cambio, los medios de comunicación muelen información las veinticuatro horas de los trescientos sesenta y cinco días del año.
No pueden parar, porque si lo hacen el adicto a la información cambia de canal y  el tiburón más grande los hace trizas.


A  ese ritmo endemoniado nadie puede pensar mucho. Ni los responsables de los medios, ni los periodistas y mucho menos los consumidores de información.
Los sucesos  y sus protagonistas son espumas que se van sin que nadie pueda aprehenderlos.
Por eso los escándalos se suceden a una velocidad de vértigo y en lugar de acabar la jornada dotada de  elementos  para interpretar el mundo la gente se  acuesta  experimentando los síntomas inequívocos de una intoxicación :  cefaleas, nauseas, punzadas en el bajo vientre, calambres en las articulaciones y una confusión mental que insinúa ruina.


Resultado: De tan bien informados no pueden dormir tranquilos.
A   esas horas de la noche ¿Cuál es el remedio para el insomnio?
Ustedes ya lo adivinaron: conectar el  televisor, encender la radio y sumergirse en la internet… a ver si las redes sociales traen algo nuevo.
Alguna vez se lo escuché al personaje de una película  de Sidney Lumet, que citaba a su vez a un personaje de Orwell: “El infierno acaecerá sobre  la tierra cuando  todas las personas estén conectadas”.


No sé si resulte conveniente transmitirle esa terrible verdad a mi compañera de trabajo.
No. Más bien no.
A lo mejor  su supervivencia ya depende de esa papilla nauseabunda llamada información.
Y como se trata de seguir viviendo…
http://miblog-acido.blogspot.com.co/

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