La increíble y triste historia de los suplementos literarios

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Jorge Emilio Sierra Montoya (*)

Muchos jóvenes de mi generación, a fines de los años sesenta y en la década posterior, madrugábamos los domingos para comprar el periódico, con un propósito específico: tener en nuestras manos el suplemento literario que circulaba precisamente ese día, una vez a la semana. El lunes siguiente, con seguridad, nos preguntarían en clase qué habíamos leído.
“Pero, ¿cuál periódico?”, dirán ustedes. La respuesta es sorprendente: “Todos, sin excepción”. Entre ellos competían -“tanto de la capital como de la provincia”, según decíamos- para ver cual nos daba la mejor publicación en tal sentido.

Experiencia personal

En mi caso, el asunto en cuestión se justificaba con creces, pues en el Colegio Rafael Uribe Uribe, cuando apenas era un adolescente, ya dirigía su centro literario (larga tradición de las instituciones educativas, especialmente en bachillerato) y me había vinculado a los más prestigiosos periódicos del Eje Cafetero: “El Diario”, de Pereira, y “La Patria”, de Manizales, donde mi columna editorial no tardó en aparecer junto a mis incipientes ensayos sobre grandes autores -Rimbaud, Whitman, Byron…-, mientras promovía, con crónicas y entrevistas, a poetas y pintores locales (Héctor Escobar y Martín Alonso Abad, entre otros).


Gracias a mi temprana colaboración en “La Patria”, pasé después a dirigir su suplemento literario -“Revista Dominical”, se llamaba-, acaso en reconocimiento por mi intensa actividad intelectual que se acentuó con los estudios de Filosofía y Letras en la Universidad de Caldas, multiplicando una producción literaria y filosófica que fue, sin duda, la puerta de entrada al periodismo, actividad a la que he dedicado el resto de mi vida.


Por lo visto, tengo cierta autoridad para hablar sobre los suplementos literarios en la prensa nacional, más aún cuando el que yo dirigía fue considerado uno de los mejores en su género por la Revista Gaceta de Colcultura, gracias a la divulgación que hacíamos de nuevos escritores, consagrados después por el paso del tiempo: Juan Manuel Roca, Harold Alvarado Tenorio, David Sánchez Juliao, Juan Gustavo Cobo Borda, Fernando Garavito, Jaime Echeverri, Giovanni Quessep...
La historia quedó escrita y nadie podrá borrarla.

Cambio de época
Pero, las cosas fueron cambiando por completo. Para empezar, en los periódicos se terminaron imponiendo criterios comerciales, económicos, según los cuales lo que más les importaba era la publicidad, su principal fuente de ingresos, basada a su vez en la necesidad de una mayor circulación, única prueba cabal de la demanda de su producto en el mercado. Se volvieron simples negocios, mejor dicho.

En tal sentido, la llamada “parrilla informativa”, o sea, la información que se ofrece en sus diferentes ediciones, surge con base en el número de lectores (igual sucede en radio y televisión, con oyentes y televidentes) a partir de los estudios de mercado cuyos resultados determinan el nivel de pauta publicitaria que reciben unos y otros medios, tales o cuales secciones y programas, etc.


Pues bien, los suplementos literarios llevaron las de perder al salir mal librados de tales estudios, con pocos lectores y sin publicidad en sus páginas, representando así un costo elevado que solía traducirse en pérdidas o menores ganancias reflejadas en los balances financieros. Fue por ello que se tomó el camino fácil de irlos acabando, sin importar siquiera que se trataba nada menos que de la cultura, a la que se debería subsidiar con los mayores ingresos de otras áreas.


He ahí, sin más rodeos, la razón de fondo que explica la progresiva desaparición de los suplementos literarios en los últimos años, algo inconcebible en nuestros ya lejanos tiempos juveniles.

Un justo homenaje
¿Dónde queda -cabe preguntar- la responsabilidad social empresarial del periodismo, en especial con la cultura? ¿Y qué ha pasado con la función educativa que otrora cumplían los diarios en su conjunto, por lo que llenaban sus páginas con temas literarios, artísticos, históricos y hasta políticos en su mejor sentido, tratados casi siempre por personas de alto nivel intelectual? Vaya uno a saber.
Por fortuna, un periódico como “El Diariodel Otún” permaneció ajeno al terrible fenómeno descrito y prueba de ello es que ha mantenido, contra viento y marea, su revista dominical “Las Artes”, de carácter estrictamente cultural como los viejos suplementos literarios, que cumple ahora, con la presente edición especial, sus primeros treinta años de publicación ininterrumpida.

Confiamos, quizás con terquedad, en que este bello ejemplo de responsabilidad periodística se extienda a más publicaciones, como en buena hora empieza a ocurrir, aún en prestigiosos periódicos nacionales y mundiales, incluso como reacción a la excesiva información de pésima calidad que circula a cada instante por internet y redes sociales.


“Las Artes”, en consecuencia, marcha a la vanguardia de esa nueva tendencia que pareciera ir rumbo a conquistar el futuro. Con razón, hoy está de plácemes en su trigésimo aniversario, una auténtica proeza que celebramos sus colaboradores por todo lo que representa para bien de la cultura en Pereira, Risaralda y todo el Eje Cafetero, donde tanto se necesita.
¡Feliz aniversario, queridos amigos!


(*) Miembro Correspondiente de la Academia Colombiana de Ciencias Económicas

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