La leyenda negra de Coco Chanel

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Gonzalo Hugo Vallejo

Gabrielle Bonheur, una mujer de 35 años irrumpe en el jet set parisino como maestra de la alta costura y como una revolucionaria de la moda del siglo XX. Atrás han quedado el orfelinato de Aubazine y el internado de Moulins, odiosos lugares en donde transcurrieron su niñez y adolescencia y sus sueños cosidos en ese rutinario costurero de monjas. Nunca olvidará su escape a París en 1909 al encuentro con su inexorable destino. Sin voz y sin repertorio prueba suerte como cabaretera: repite noche a noche un sonsonete triste y pegajoso que evoca a una dama afanosa que busca a su infiel amante y a su perro extraviado en el muelle. El cadencioso estribillo y una palabra dentro del mismo la harán inmortal: “¿Qui a vu Coco dans le trocadero?”. Después argumentará que así la llamaba su padre: “Coco” (“mi pequeña”), ese ingrato personaje de quien nunca recibió caricia alguna.

El hipódromo de Deauville, las playas de Normandía y el glamour de Biarritz serán los escenarios que verán a aquella muchacha ambiciosa “de vestidos elegantes y asombrosos sombreros”, apostar en los derbys o broncear su discreta sensualidad al lado de su amante Etienne Balzán, dinero que le ayudará a financiar su primer taller de costura en la Rue Cambon y que Cocó bautizará con el nombre de “Modas Chanel”. Pasada la Primera Guerra Mundial donde sirve como enfermera y de la mano de su segundo amante, el jugador de polo Arthur “Boy” Capel, abrirá su primera fábrica de sombreros y su primera tienda cerca de la Ópera de París. Capel morirá en un accidente automovilístico en 1919 y mademoiselle lo llorará siempre: ya nunca tendrá un amante permanente. Comienza pues, en medio de la soledad y el dolor, la gran era Chanel.

Chanel adopta la frase del poeta Paul Valery: “la mujer que no usa perfume no tiene futuro” y acuña una frase: “Cuando me regalan una flor, huelo en ella las manos de la persona que la ha recogido” … El perfume anuncia la llegada de una mujer y alegra su marcha”. Es el preludio de otro mito: el perfume Chanel número cinco. Un 5 de mayo de 1922, El duque de Rusia, Dimitry Pavlovich Romanov le presenta a Ernst Beaux, un compatriota refugiado que venía experimentando con fragancias florales. Dispuesta a cambiar el aroma, unas veces débil, otras tantas extravagante de la perfumería tradicional, le encarga al alquimista del olor una esencia que combine aromas naturales y artificiales y le dé un toque femenino, auténtico y sugestivo a la mujer que lo use (“Un perfume debe ser como una bofetada: nadie quiere pasarse tres horas diciendo si huele o no”).

En 1923 el químico le muestra dos paquetes de cinco pruebas cada una (1-5, 20-24). Mademoiselle no lo dudó: escoge el número 5. Coco guardará la esencia del delicado perfume en una botellita de Art Deco: será el primer perfume que proviene de esencias florales; el primero empacado en un envase sobrio y cuadrado y no en barrocas composiciones de cristal con querubines y frutos; será el primero que se comercializará masivamente en todo el mundo; será el primero que no tiene nombre sino número y que será convertido en amuleto: “El número hará que este perfume sea verdaderamente grande”. A partir de allí, sus colecciones siempre se lanzarán un día 5 y en su tumba, al lado de su nombre y unas fechas, estarán las 5 cabezas de león. Su nuevo amante, Pierre Wertheimer, lo comercializará por todo el mundo y su nombre se volverá inmarcesible.

Unos años antes, en 1922, el duque Dimitri le regaló unas joyas que habían pertenecido a la última familia imperial rusa, alhajas que hurtó antes de escapar de Moscú por haber participado en el complot contra el monje Rasputín, protegido de la zarina Catalina II de Rusia. De allí nacerá la idea de Chanel de poner a las mujeres a lucir piedras y joyas de fantasía acabando con el extravagante lujo de la orfebrería de comienzos de siglo: serán aretes, brazaletes y pulseras con aleaciones de distintos metales, bisutería que sustituirá al oro en aquel entonces y que aún sigue adornando a las mujeres hoy día. Cocó será fiel a sus postulados: “La moda Caduca pero el estilo jamás… La belleza comienza con la decisión de ser uno mismo… Mantén la cabeza, los tacones y los principios altos… Adornos, ¡qué ciencia! Belleza, ¡qué arma! Modestia, ¡qué elegancia!

El  desplante al duque de Westminter en 1925; los amores con Igor Stravinski; el apoyo incondicional al ballet  ruso de Diaghilev con vestuario y decorados de Pablo Picasso, los gráciles saltos de Vaslav Nijinsky, las partituras de Arthur Honegger y la dirección escénica de Antonin Artaud; su gusto por la dramaturgia de Jean Cocteau y George Bernard Shaw; la confección del guardarropa de la United Artists; su exquisita clientela adicta al Chanel número 5: Brigitte Bardot, Katherine Hepburn, Jackie Kennedy, Elizabeth Taylor, Grace Nelly, Gloria Swanson y Marilyn Monroe; su “Plan Bonnet” y el encuentro entre su amigo Winston Churchill y Walter Schelenberg, jefe de la inteligencia nazi y protegido de su amante; la presunción de que sus amistades de alcoba la podrían convertir en “salvadora del mundo”… todo ello hizo parte del copioso acervo de excentricidades de la diva.

La crisis de los años 30 tocó las puertas de la maison de la mítica rue Cambom. La huelga de mayo de 1936 fue memorable: los trabajadores lograron sus conquistas. Consecuencia de ello, fue el colapso y la inminente quiebra de los talleres Chanel que despiden en 1939 a sus 3.500 empleados. Otro episodio escandaliza a la refinada sociedad parisina: su romance en 1940 con un joven oficial nazi, el agregado Militar y agente de inteligencia de la Embajada alemana Hans Gunther, Barón von Dincklage.

Este hecho lleva a Coco al exilio en Suiza al final de la II Guerra Mundial. Sólo se oirá hablar nuevamente de “la dama de negro” en 1947 cuando su amigo, el escritor Paul Morand publica “EL aire de Chanel”. Mademoiselle se retirará durante 14 años (1940-1954) y volverá a los 70 años a las pasarelas y a la agitada y controversial vida social parisina al lado de Marlene Dietrich y Edith Piaf.

Chanel, la protagonista de los locos años 20, además de visionaria e intérprete de la rebeldía femenina de su tiempo, fue una transgresora sexual: defendía la libertad de amar a quién fuese sin vergüenza alguna y sin importar el sexo o la clase social. Fiel a su promesa de nunca pertenecer a nadie, no aceptó el hecho de desposarse con alguien. Sus sarcasmos y diatribas contra sus competidores no se hicieron nunca esperar: “Un vestido no puede ser un disfraz…

La alta costura está acabada porque está en manos de hombres a los que no les gustan las mujeres y sólo quieren dejarlas en ridículo… la moda ha de dejar de ser travestismo de salón, y bajar a la calle… Saint Laurent tiene un gusto excelente: cuanto más me copia, mejor gusto tiene… Pierre Cardin es el rey de la franquicia… Paco Rabanne es un hojalatero (usaba aluminio y otros metales en sus prendas)”.

Faltan muchas cosas por decir del mundo anti-paradigmático y “atrevido” de Chanel: el empleo de las prendas de punto, antes reservadas para la ropa interior de hombre; la eliminación del corsé y su sustitución por aditamentos sanos, holgados y deportivos; el uso antiecológico de pieles naturales en gabardinas y abrigos; la eliminación del lujo ostentoso a través de la popularización de la bisutería; el corte de pelo al modo masculino (“garcon”); el acortamiento de la falda para mostrar los encantos de la pierna femenina; el uso del pantalón como prenda elegante de vestir; la combinación del beige con el negro; los vestidos rectos con collares largos; El sombrero de paja, que portará toda su vida; el Chanel “suit”, el vestido negro (“little black dress”), el suéter con cuello de tortuga, los sacos, las gabardinas y las chaquetas (“french coat”) que antes eran sólo de uso privativo masculino…

Aquel cuarto del hotel Ritz será el asilo para los rezongueos propios de su demencia senil. Odiaba los domingos (“Es el único día de la semana que podría matarla”). Mademoiselle llama a su camarera y le dice ese domingo 10 de enero de 1971 a la edad de 88 años: “Mira, así es como se muere”. Gabrielle Bonheur “Coco” Chanel no ha muerto, seguirá siendo una leyenda urbana, una historia signada por el desarraigo, el abandono, el desamor, el dolor, la autenticidad, la genialidad y la fama.

Quedan engastadas sus frases en la memoria colectiva femenina como finas piezas de orfebrería: “Las mujeres necesitamos la belleza para que los hombres nos amen, y la estupidez para amarlos a ellos… La moda reivindica el derecho individual a valorizar lo efímero… ¡Cuántas cosas se pierden cuando uno decide no ser simplemente algo, sino alguien! … Para ser irremplazable, debes ser diferente”.

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