Serge Daney o la pantalla escrita

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Juan Guillermo Ramírez

Este importante crítico y teórico francés del cine, exjefe de redacción de “Cahiers du Cinema”, del periódico “Liberation” y director de su propia revista “Trafic” –un homenaje que le hace, nominalmente, a Jacques Tati-, abandonó este mundo en la noche del 12 de junio de 1992, y fue como si le hubiera dado otra vuelta a la página de un libro, como si hubiese pasado una página en blanco, como si hubiera cambiado de rollo, como si hubiera cambiado su pluma estilográfica, como si hubiera cambiado de película, como si hubiera cambiado de canal y hubiera apagado el televisor.

Estaba enfermo de sida. En un número monográfico de “Cahiers du Cinema” (#458, Julio/Agosto 1992), su primera oportunidad para acercarse a una aproximación al oficio escrito de cine que le abrió sus puertas, así como se las abriría, muchos años antes, a Francois Truffaut, reunió un conjunto de testimonios que configuran un trazo sentimental y cómplice de este pensador en imágenes, generoso de sus ideas y de su personalidad. Periodista, eterno deambulador de la palabra, esclarecedor, luchador y polémico, Serge Denay buscó insaciablemente el hilo que tejiera el mundo, ese que une a los cuerpos y a las palabras, habitando las huellas de un pensamiento en forma de brújula.


En el prólogo de “La Rampe”, su primera recopilación de ensayos, Serge Daney recuerda la experiencia del cine en su infancia. Ir al cine implicaba alternar el mundo fantástico de los films con los números teatrales del entreacto. A Daney le aterraban esos comediantes fracasados, los prestidigitadores baratos y los cantantes patéticos que por un momento invadían el escenario. La película era la promesa de un mundo más amable, que emergía de la oscuridad para dar refugio al pequeño cinéfilo una vez que esos artistas se batían en retirada. Daney cita una frase de lean-Louis Schefer: Las películas que miraron nuestra infancia.

Son aquellas que saben de nosotros porque nos vieron crecer, las que nos observaron para que podamos reconocernos en ellas y nos grabaron en su memoria para que logremos recordarnos. En esas imágenes hay fragmentos de nuestra biografía escritos en un código secreto que solo tiene sentido para nosotros. Un retrato familiar en el que estamos ausentes pero porque todo allí habla de nosotros. La infancia, decididamente. El lamento definitivo por no haber sido secuestrado, raptado, por no haber sido deliciosamente robado por un hombre, un padre (mi padre) venido desde el cine para buscarme. La infancia en este momento, con esta Noche del cazador, el film americano más bello del mundo. Porque el cine, claro, es la infancia.ASÍ ESCRIBIERON DE ÉL“El joven Sergio con su fieltro negro” es el corto recuerdo de una de sus almas amigas, Marguerite Duras. Hay otro recuerdo entre él y yo. Un día él pasaba por la calle y me visitó y me dijo: ‘esta vez no hablaré, serás tú la que hable, voy a interrogarte’. Después de dos horas se levantó, había lágrimas en sus ojos y me dijo: ‘soy yo quien ha hablado todo el tiempo y tú no me has parado’. Nos abrazamos. Reí. Fue el último abrazo que nos dimos.


 “Pequeña fábula” es el escrito firmado por el realizador suizo Alain Tanner. Estoy impactado con la desaparición de Serge Denay. Y como todos tengo sus textos. Vuelvo a ellos a menudo. Pero también conservo algunas imágenes que brotan a la superficie en estos momentos. Berlín Este, antes de la caída del muro. Estábamos allí, buscando la casa de Bertolt Brecht. Caminábamos en medio de una multitud extrañamente silenciosa que subía por la Friedrichstrasse. Iban a un partido de fútbol. La encontramos. Una casa de la vieja Berlín, convertida después en museo. Al regresar a la frontera, un policía le exige a Daney presentar su cara de frente para verificar que la fotografía de su pasaporte corresponde con su rostro.


Esta jornada puede constituir una fábula –brechtiana- que puede descifrar en la cara de Daney, a través de las palabras pronunciadas o las sonrisas irónicas, que con inteligencia y sencillez, pone los objetos en su preciso lugar a fin de que encuentren sus sentidos.

El importante director portugués Manoel de Oliveira, en un recuerdo titulado “Secreto” afirma: Serge Daney ha sido de aquellos hombres que han visto el cine con el alma y el corazón. No criticó solamente con la pasión, que hacía de él uno de los más grandes amantes del cine, y no se valida solamente por su cultura y por el conocimiento certero de las películas ‘antiguas’ y de las recientes; no criticaba por su espíritu ecléctico, enciclopédico y abierto, por su inteligencia y la elegancia de su penetración para apreciar las obras y la personalidad de sus realizadores.


Serge Daney se destacó por su poder de invención capaz de arrancar de un filme y de un solo plano, el secreto más oculto e inesperado como sacando al cine del interior del cine, a partir de la vida otra vida, sin que jamás sus pies abandonen la tierra.


Wim Wenders escribe “Una guía” en donde dice: No tengo nada que decir de la muerte de Serge Daney, salvo que me pone furioso. Y estoy muy bravo porque esta voz inteligente, apasionada y justa, tenga ahora que callarse, mientras que muchos otros pueden continuar sumergiéndonos en sus opiniones de corto vuelo y sus impresiones. Sin sus ojos incorruptibles, el nivel de la crítica cinematográfica va a bajar inevitablemente.

Para el realizador español Víctor Erice, el cine era para Serge Daney, ante todo, un lugar de encuentro, y en particular un encuentro con el ser vivo que constituye la obra cinematográfica. De ahí que pueda muy bien decirse que Daney fue un escritor de cine en el mismo sentido en lo que fuera André Bazin, el primero de sus maestros: un mediador cuya principal misión es la de captar, sostener y prolongar la vitalidad de las películas, alguien para quien la crítica pertenece al dominio de la creación.


Serge Daney intentó explicar por qué y cómo una civilización mortal prefiere una cámara ciega, a aquella que abre una mirada sobre el mundo. Rebelde y afectuoso fueron los dos adjetivos que constituyeron su pasión.

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