Siete cuentos insólitos

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Óscar Aguirre Gómez*

El sospechoso

A lo lejos sonaba un tango vespertino. El hombre, nervioso en grado sumo, caminando sigilosamente y mirando de soslayo a todos lados, se distinguía por su gabardina negra, con el cuello subido, y por su pequeño sombrero de ala ancha, de igual color, el cual llevaba ladeado.

La tarde gris conformaba un fondo adecuado a la expresión de la figura, a la que una finalidad oculta parecía distinguir… Se dirigió a una cabina telefónica, sacó unas monedas de su bolsillo y, luego de otear el panorama de nuevo, marcó un número, mientras con la mano izquierda tapaba la bocina:
—¡Aló! —dijo muy quedo— ¿Aló? ¿Con la Central? Soy el agente X. Tomen atenta nota: el sospechoso sospecha que estamos sospechando. Repito: ¡el sospechoso sospecha que estamos sospechando! —Y colgó, alejándose con rapidez.

El duelo

Érase un pueblo del viejo Oeste. La calle principal estaba solitaria. Tras las ventanas cerradas de las casas, sus habitantes, agazapados y temerosos, esperaban el desenlace fatal de un duelo. Los dos hombres, con las manos crispadas, amenazantes, se lanzaban miradas de odio. Sin parpadear, un solo propósito los impulsaba: aniquilar a su adversario. Pero, lo más curioso, era que ¡carecían de armas! ¡En sus diestras no se veía instrumento alguno! Mas su enfrentamiento era obvio.

 

A no ser por la presencia de los “pistoleros”, diríase que aquel era un pueblo fantasma: sí, donde las dos únicas figuras visibles no se movían. Estáticas, sólo las pupilas de sus ojos circulaban en busca de una señal delatora en su antagonista. El tiempo transcurría inevitablemente. Los segundos eran siglos… Entonces un forastero, desde una esquina, preguntó a un furtivo vecino el por qué de la situación.
-Llevan tres días así: como no tienen armas, ¡tratan de matarse con la mirada!

Un cuento mexicano

A un bar de un pueblo mexicano llegó una noche un forastero y se sentó en la barra:
—¡Dos tequilas dobles, uno para mi amigo y otro para mí! —exclamó, muy serio.


El barman, acostumbrado a todo, le sirvió los dos tragos. El tipo repitió la tanda una y otra vez, y luego salió, tambaleándose un poco. La escena se repitió por varias noches. Extrañado, el cantinero le preguntó al fin:
—Perdone mi curiosidad, amigo, perdone usted, pero, ¿por qué, siempre que viene, pide un trago doble, uno para usted y otro para su amigo, pero ¡usted viene solo! ¿Quién es su amigo? ¿Dónde está? No lo veo. El viento frío jugaba con el ala de una ventana; sus goznes chirriaban.  Sonaba El jinete.
—Verá usted, compañero, nada más simple —dijo el hombre, mirando fijamente al inquisidor: sucede que tengo un amigo entrañable en Veracruz. En su memoria, siempre bebo un trago, junto con el mío… ¿Lo ve?
—Lo veo –asintió el otro, con calculada indiferencia.
Pero una noche, el cliente dijo solamente:
—¡Un tequila doble!—, pedido que también repitió. Intrigado, el barman, que nunca se metía en la vida de los demás, preguntó:
—¡Qué pasó! ¿Se murió su amigo?
—¡No! ¡Dejé de beber! Este trago es el de él ¡Salud!

El sueño
Dormía. Su sueño era profundo. Participaba de otra dimensión. Mozart lo encumbraba cada vez más, pues se sintió  en el cielo al percibir las notas del concierto para piano. Un paisaje limpio, de tonos pasteles, era el escenario del mundo que lo rodeaba. Entonces se sintió realmente despierto. ¡Sí! ¡Estaba más despierto que nunca! La visión y el sonido eran singulares. En su sueño, otra realidad suplantaba la verdadera realidad. Era cierto: soñar es ver. Se levantó y caminó por un sendero, hallando un cielo dentro del cielo… Mil ángeles lo llamaron. Y ya no quiso regresar. Entonces despertó. ¡Y descubrió con asombro que aún dormía!

Chopin

En la sala de conciertos, el egregio pianista ejecutaba la música de modo impecable. De smoking negro, un espectador en primera fila, con aires de conocedor, le dice al oído a su bella acompañante:
—¡Es Chopin!
Ella, muy seria, le responde quedamente:
—¡Deja que se voltee, para verlo mejor!

La obertura Leonora Nº 3, de Beethoven

Cuando el director de orquesta detuvo la música para que el trompetista —estratégicamente situado en un palco del teatro— ejecutara su famoso solo, al cual debía responder de modo idéntico otro trompetista en la agrupación musical, produciéndose un efecto estereofónico en la Obertura Leonora Nº 3, de Beethoven, nadie respondió. El director esperó durante varios segundos que le parecieron eternos. Nada. Se rascó la cabeza en un gesto de impotencia y sólo atinó a mirar, asombrado en extremo, hacia el palco vacío. La orquesta estaba muda. El público no entendía lo que pasaba. Hubo un silencio general. Lo que nadie sabía, era que el trompetista había sido seducido por una acomodadora del teatro, quien se enamoró de su trompeta.

El fantasma
La señora, muy elegante, saludó a la propietaria de la casa en venta, que le acababa de abrir la puerta. Sus miradas se cruzaron por unos instantes, y ambas tuvieron la misma impresión: ya se “conocían”, a pesar de que nunca se habían visto. A medida que la recién llegada recorría la casa, tenía la impresión de que ya había estado allí antes. Las habitaciones le eran familiares y ella misma describía cómo era la siguiente…  Entonces, sorprendida en extremo, reconoció la casa por la que paseaba con frecuencia en sus sueños… Pero más sorprendida quedó la propietaria, al reconocer en la visitante al fantasma que vagaba por su casa en las noches, motivo por el cual quería venderla.

*Miembro del Parnaso Literario Eje Cafetero

 

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