Un Prometeo del siglo XXI

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“Pero lo novedoso de Noah, con un tema que ha sido tratado universalmente por muchos autores, es su posición critica frente a muchos paradigmas que se han aceptado como hitos importantes en la evolución humana”

 

Álvaro Zuluaga RamírezLa aventura del conocimiento humano ha sido una constante lucha desde sus orígenes, desde un principio el homo sapiens ha escudriñado la naturaleza de las cosas y a medida que iba alcanzando niveles superiores del saber iba avanzando en la explicación de los diferentes fenómenos naturales.


Este conocimiento se iba haciendo mas generalizado a medida que iba superando las barreras de comunicación. De la palabra pasó a la escritura y en ese momento los demás congéneres pudieron conocer los avances ajenos sin necesidad de conocer personalmente a los diversos autores. Fueron los primeros pasos de la globalización que hoy tanto pregonamos.

 

La primera escritura que tenemos registrada, originada en el pueblo asirio, fue la cuneiforme que consistía en signos grabados en losas de arcilla donde se registraban movimientos contables y de allí comienzan a crearse nuevos símbolos que permitieron la descripción de ideas, lugares y acontecimientos.

 


Una vez consolidada la escritura como una de las facultades del ser humano se dio inicio a una de las mas bellas disciplinas de la aventura planetaria, la literatura.
Es entonces cuando pudimos dejar plasmadas nuestras fantasías, nuestros sueños y -obviamente- nuestro conocimiento, para todas las generaciones.

 


A la par con los cronistas religiosos, pioneros de la escritura masiva, surgieron los literatos o escritores de ficción que nos legaron las primeras novelas. Entre los siglos II y III d.c. surgen en Grecia y Roma las primeras clasificadas en cuatro tipos básicos: novelas de viaje, novelas románticas, novelas satíricas y novela bizantina.

 


El japonés Murasaki Shikibu escribe alrededor del año 1000 “Genji Monogatari” o Novela de Genji, donde cuenta la historia del príncipe Genji a través de 54 capítulos que incluyen toda su vida amorosa, su recuperación del poder imperial y la vida de sus hijos tras su muerte. Esta obra es considerada como la primera novela de la literatura universal. Después vienen personajes reconocidos como Bocaccio, Chaucer y Cervantes para mencionar solo tres representantes de las lenguas modernas.

 


A principios del siglo XIX, en medio del romanticismo, surge una novedosa variedad de la literatura, la novela histórica, que sencillamente mezclaba la fantasía del autor con personajes, momentos y lugares de la historia reciente o remota. Este género nuevo se separa claramente de la moralizante novela pseudohistórica del siglo XVIII: su propósito último, abiertamente moral y educativo, el hecho de que esté protagonizada por héroes, su cosmovisión asentada en valores contemporáneos, su discutible verosimilitud y su lenguaje, poco respetuoso con la época reflejada, impedían considerarlas estrictamente novelas históricas, como por ejemplo Les incas (1777) de Jean-François Marmontel, en Francia, o El Rodrigo (1793) del jesuita francoespañol Pedro de Montengón.

 


Tras muchos antecedentes, Sir Walter Scott (Ivanhoe) configura definitivamente el nuevo genero literario que daría lugar a diversos autores de todas las nacionalidades. Aparecen Dumas, Flaubert y Anatole France en Francia. En España la primera novela histórica de molde scottiano fue Ramiro, Conde de Lucena (1823) de Rafael Húmara y Salamanca, cuyo prólogo es un importante documento sobre el género, le siguen El Castellano de Cuéllar (1834) de José de Espronceda, se destacan en especial las 46 novelas históricas de Benito Pérez Galdós bajo el título general de Episodios nacionales (1872-1912) y las 22 de Pío Baroja, ya en el siglo XX, bajo el de Memorias de un hombre de acción (1913-1935).

 


En Rusia, otro discípulo de Scott, el romántico Aleksandr Pushkin compuso notables novelas históricas en verso y la más ortodoxa La hija del capitán (1836). Allí se escribió también otra cima del género, la monumental Guerra y paz de León Tolstoi  (1828-1910), epopeya de dos emperadores, Napoleón y Alejandro, donde aparecen estrechamente entrelazados los grandes epifenómenos históricos y la descripción cotidiana de cientos de personajes. El simbolista Dmitri Merezhkovski (1861-1945), por otra parte, indagó en los orígenes conflictivos del Cristianismo en La muerte de los dioses (1896), sobre Juliano el Apostata.

 


En el siglo XX el éxito de la novela histórica se prolongó. Sintieron predilección por el género escritores como el finés Mika Waltari (Sinuhé, el egipcio o Marco, el romano); Robert Graves, (Yo, Claudio, Claudio, el dios, y su esposa Mesalina, Belisario, Rey Jesús...); Winston Graham, quien compuso una docena de novelas sobre Cornualles a finales del siglo XVIII; Marguerite Yourcenar (Memorias de Adriano); Noah Gordon, (El último judío); Naguib Mahfouz (Ajenatón el hereje), Umberto Eco (El nombre de la rosa, Baudolino), Valerio Massimo Manfredi, los españoles Juan Eslava Galán y Arturo Pérez-Reverte y muchos otros que han cultivado el género de forma más ocasional.

 


En América la primera novela histórica publicada en castellano fue la anónima publicada en Filadelfia en 1826, Jicotencal, sobre la sujeción de Tlaxcala por Hernán Cortés para conquistar a los aztecas. Esta obra ha sido atribuida a los cubanos Félix Varela y José María de Heredia y hasta ha sido atribuida a un triunvirato de exiliados hispanoamericanos en el que Heredia habría redactado el texto original, el ecuatoriano Vicente Rocafuerte lo revisó y Varela lo entregó para su publicación, pero en la actualidad ya parece definitivamente atribuida al periodista liberal español Félix Mejía. Le siguen Amalia de José Mármol, la Gloria de don Ramiro de Enrique Larreta y Alejo Carpentier con El arpa y la sombra. Con la llegada del boom latinoamericano se popularizó el genero con autores como Vargas Llosa y García Márquez.

 


La globalización del conocimiento dio lugar a novedosas temáticas, ya hemos mencionado cómo los escritores fusionaron sus conocimientos históricos con sus habilidades literarias y produjeron el género anterior. Pero también ha sucedido a la inversa, eruditos científicos han proyectado sus conocimientos mediante la narración amena y entretenida de ellos, aparece un género aun no reconocido que es la literatura científica, modalidad que permite a los profanos ingresar a las altas escuelas del conocimiento sin tener que digerir complicados documentos académicos en lenguajes completamente desconocidos.

 

La combinación entre buen científico y escritor no siempre resultaba. A veces el mundo de la ciencia puede ser muy árido, incluso técnico, y saber mostrarles sus conocimientos a otras personas, muchos de ellos ajenos a este universo, no es tarea fácil. Pero han surgido plumas desde los laboratorios y las aulas que definen el nuevo género. Inicialmente la literatura científica consistía en cartas, libros u otros escritos producidos y publicados por individuos con el propósito de compartir su investigación, pero en la actualidad son narraciones en prosa ligera que describen los hallazgos o teorías para un auditorio popular.

 


En 1945, Vannevar Bush, un científico y estadista americano, resaltó la importancia del archivo de investigación que hacia parte de la literatura científica cuando, en un ensayo publicado originalmente en la revista The Atlantic Monthly, escribió “Para que un registro sea útil en la ciencia, debe ampliarse continuamente, debe almacenarse y debe consultarse”.

 

Eugene Garfield, un científico americano, se inspiró del ensayo de Bush y fundó el Institute for Scientific Information (ISI).
A mediados del siglo XX, siguiendo esta propuesta, aparecen autores como el profesor de Bioquímica de la Universidad de Boston, Isaac Asimov quien con sus publicaciones le dio un carácter popular a la divulgación científica. Carl Edward Sagan, astrónomo, astrofísico, cosmólogo, escritor y divulgador científico estadounidense que llevó al publico en general las más autorizadas propuestas científicas sobre el universo a través de su obra Cosmos.

 

Edward O. Wilson, biólogo americano que ganó el Premio Pulitzer 1991 por su libro Acerca de la naturaleza humana, donde considera que la mente humana está determinada más por factores medioambientales que por la genética. Richard Dawkins, controvertido por su feroz ataque a la religión, ha escrito textos sobre genética y evolución, todos sus textos han influido en la biología evolutiva contemporánea y Stephen Hawkins, un genio de la astrofísica, entre sus libros cabe mencionar Una breve historia del tiempo, texto que lleva las teorías cosmológicas más complejas a un nivel de comprensión del lector común.


Todos ellos son los prometeos de los tiempos modernos, han llevado “el fuego de los Dioses del conocimiento a los desamparados mortales”.

 


En el verano de 2002 recibió su doctorado en Historia, en la Universidad de Oxford, el ciudadano israelí Yuval Noah Harari con una tesis de grado sobre la evolución humana hasta nuestros tiempos llamada “Breve historia de la Humanidad” la cual obtuvo todos los reconocimientos (Cum Laude) de la comunidad científica internacional. En 2014 decidió publicarla, después de reescribirla en términos más adecuados para el público, con el nombre de Sapiens para la edición inglesa (De animales a Dioses, para la edición castellana).

 

Este libro le dio fama internacional. Fue publicado en hebreo y después traducido a 30 idiomas, se refiere a la historia de la humanidad desde el principio de la evolución del Homo Sapiens, la Edad de Piedra, hasta las revoluciones políticas del siglo XXI.

 


Pero lo novedoso de Noah, con un tema que ha sido tratado universalmente por muchos autores, es su posición critica frente a muchos paradigmas que se han aceptado como hitos importantes en la evolución humana, el paso de nómadas comunidades cazadoras-recolectoras a sedentarios agricultores es uno de ellos: “Los entendidos proclamaban antaño que la revolución agrícola fue un gran salto adelante para la humanidad.

 

Contaban un relato de progreso animado por la capacidad cerebral humana. La evolución produjo cada vez personas más inteligentes. Al final, estas eran tan espabiladas que pudieron descifrar los secretos de la naturaleza, lo que les permitió amansar a las ovejas y cultivar el trigo. En cuanto esto ocurrió, abandonaron alegremente la vida agotadora, peligrosa y a menudo espartana de los cazadores-recolectores y se establecieron para gozar de la vida placentera y de hartazgo de los agricultores”.

 


Este relato es una fantasía. No hay ninguna prueba de que las personas se hicieran más inteligentes con el tiempo. Los cazadores-recolectores conocían los secretos de la naturaleza mucho antes de la revolución agrícola, puesto que su supervivencia dependía de un conocimiento cabal de los animales que cazaban y de las plantas que recolectaban.

 

En lugar de anunciar una nueva era de vida fácil, la revolución agrícola dejó a los agricultores con una vida generalmente más difícil y menos satisfactoria que la de los cazadores-recolectores. Los cazadores-recolectores pasaban el tiempo de maneras más estimulantes y variadas, y tenían menos peligro de padecer hambre y enfermedades. Ciertamente, la revolución agrícola amplió la suma total de alimento a disposición de la humanidad, pero el alimento adicional no se tradujo en una dieta mejor o en más ratos de ocio, sino en explosiones demográficas y élites consentidas. El agricultor medio trabajaba más duro que el cazador-recolector medio, y a cambio obtenía una dieta peor. La revolución agrícola fue el mayor fraude de la historia...

 

Los excedentes de alimentos producidos por los campesinos, junto con una nueva tecnología del transporte, acabaron permitiendo que cada vez más gente se hacinara primero en aldeas grandes, después en pueblos y, finalmente, en ciudades, todas ellas unidas por nuevos reinos y redes comerciales. Sin embargo, para sacar partido de estas nuevas oportunidades, los excedentes de alimentos y el transporte mejorado no eran suficientes. El simple hecho de que se pueda dar de comer a mil personas en el mismo pueblo o a un millón de personas en el mismo reino no garantiza que puedan ponerse de acuerdo en cómo dividir la tierra y el agua, en cómo zanjar disputas y conflictos, y en cómo actuar en épocas de sequía o de guerra. Y si no se puede llegar a ningún acuerdo, los conflictos se extienden, aunque los almacenes estén repletos.

 

No fue la carestía de los alimentos lo que causó la mayor parte de las guerras y revoluciones de la historia. La Revolución francesa fue encabezada por abogados ricos, no por campesinos hambrientos. La República romana alcanzó su máximo apogeo en el siglo I a.C., cuando flotas cargadas de tesoros procedentes de todo el Mediterráneo enriquecían a los romanos superando los sueños más visionarios de sus antepasados. Y, sin embargo, fue en ese momento de máxima prosperidad cuando el orden político romano se desplomó en una serie de mortíferas guerras civiles. Yugoslavia tenía en 1991 recursos suficientes para alimentar a todos sus habitantes, y aun así se desintegró en un baño de sangre terrible.”

 


En un futuro todos los analistas de la evolución humana, así como actualmente quienes quieran saber sobre la física avanzada deben tener en cuenta las propuestas de Einstein, o los cosmólogos deben leer a Hawkins, los evolutistas tendrán que considerar los sesudos planteamientos de Yuval Noah Harari.

 


En su último libro titulado Homo Deus: Breve historia del mañana se desarrollan ideas sobre un mundo no tan lejano en el cual nos veremos enfrentados a una nueva serie de retos. En el libro, el autor explora los proyectos, los sueños y las pesadillas que irán moldeando el siglo XXI -desde superar la muerte hasta la creación de la inteligencia artificial-.

 


Harari, quien se dice convencido de las bondades de la nutrición vegana, vive con su marido en un moshav cerca de Jerusalén.

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  • paradigmas

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