Biociudad… Ciudad Viva


Gonzalo H. Vallejo A.

En una céntrica calle citadina, los transeúntes agolpados sobre la acera, intentaban acatar la señal del semáforo en verde que autorizaba el paso peatonal. Perplejos y molestos observaron cómo un indolente guarda de tránsito prefería el tránsito automotor y ahogaba con su estridente silbato el reclamo ciudadano.

La curiosa e indignante escena nos obligó a releer un libro editado décadas atrás (“Risaralda Educadora. Utopía y realidad”) donde reseñamos los profundos textos de dos docentes del IDEA (Instituto de Estudios Ambientales) de la Univ. Nacional. Luz Stella Velázquez B. (premio mundial de urbanismo en el Japón) y la PHD Ana Patricia Noguera recreaban allí el tema de la Biociudad (Ciudad Viva). Evocamos también dos grandes maestros: el danés Jan Gehl (“Ciudades para la gente”) y la norteamericana Jane Jacobs (“Muerte y vida de las grandes ciudades”).

Según ellos, nuestras ciudades convirtieron el consumismo en una liturgia fetichista, mórbida y cotidiana. Al preferir los carros y edificios a la gente, “la urbs” enfrenta, hoy día, graves problemas estructurales (económicos, políticos, culturales y socioambientales). Esto obliga a repensar de una manera crítica y propositiva la forma cómo discurre la planificación urbana y cómo debería ser la gestión compartida entre gobierno, academia, gremios y comunidades al igual que el manejo dado a la información-comunicación, movilidad y participación ciudadanas. Venimos hablando desde la revista “Utópolis. Pensar, sentir y escuchar la ciudad” sobre la necesidad de un Observatorio de Cultura Urbana y Convivencia Ciudadana que recree la realidad de nuestra urbe expresada en el discurrir vivencial y cotidiano del centro, sus comunas, barrios y veredas.


La biociudad se define dentro del desarrollo urbano sostenible como una opción política, cultural y socioambiental sana, justa, ecoeficiente, diversa, pluralista, tolerante, y democrática que tiene como principios y valores fundamentales el crecimiento económico, el mejoramiento de la calidad de vida y el uso racional de los recursos naturales y culturales en las ciudades.

Allí toman vida y forma los “bioplanes”, dispositivos que articulan propuestas infra-super-estructurales tan necesarias para regular y optimizar el hábitat urbano. Con ellos se logra definir y/o priorizar a través de una consensualidad divergente, programas y proyectos de inversión, desarrollo y movilización, todo ello en pro de los intereses y necesidades de sectores poblacionales excluidos y vulnerables, víctimas todos de un sistema sociopolítico injusto, corrupto y discriminatorio.

Una ciudad viva reconoce como algo propio la carga tensionante entre Estado, sujetos, derechos, deberes, recursos y factores; acepta, asume y enfrenta los desafíos políticos, culturales y eco-socio-sistémicos que se viven a diario en sus calles; promueve relaciones vinculantes entre los urbanitas que construyen su realidad desde el día a día, el cara a cara y el hombro a hombro; evalúa la relación con el barrio/comuna como expresiones vivas e identitarias de la urbe; desarrolla sinergias desde la diversidad y el respeto por las diferencias a favor de un colectivo con memoria histórica, pertinencia, pertenencia y resiliencia; una comunidad local más justa, democrática, equitativa y solidaria. Todo ello en pro de un territorio definido como ese escenario interactivo donde confluyen naturaleza y cultura y se fraguan distintas maneras de ser, estar, tener, soñar, sufrir y convivir.

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