Cantos de Maldoror, Un respetable amigo pereirano


Miguel Álvarez de los Ríos

Un respetable amigo pereirano que heredó de su padre la distinción, la inteligencia y la afiliación política, me ha pedido que, igual a como lo hice hace algunos días sobre el doctor Alberto Lleras, escriba una nota sobre su jefe, doctor Laureano Gómez, a quien posiblemente no alcanzó a conocer, pero cuya vida ha estudiado ampliamente y cuyas enseñanzas son su devocionario espiritual.


Escribir sobre un hombre tan grande como Gómez no es tarea fácil para nadie, menos para un escritor modesto como el autor de esta columna, experto en empresas menos importantes.
Intentemos, sin embargo, complacer a mi amigo, solicitándole desde ya que me perdone lo que no sea exacto en cuanto al hombre y a los hechos.

Sostienen los que saben de Laureano Gómez, que fue el último de los grandes caudillos románticos del siglo XIX. Pues, dicen que en la actualidad hay hombres de Estado y jefes políticos muy notorios, pero no se dan caudillos como Laureano Gómez, que era como una orquestación sinfónica. Hoy el programa hace al conductor y no el conductor al programa, como ocurrió con Gómez y muy seguramente con López Pumarejo.


No ha habido en la historia de Colombia un orador que se le parezca. Ni Carlos Lozano y Lozano, ni siquiera Gaitán. Las sesiones del Congreso con Gómez como orador fueron un espectáculo que no se perdieron las generaciones anteriores a la nuestra. Laureano Gómez dominaba el idioma perfectamente, de ahí que sus réplicas y sus ataques fueran piezas construidas con inobjetable organización.


Sostienen algunos que el liberalismo perdió el poder en 1946 por haber traicionado el pensamiento de López Pumarejo. Pero hay otros que aceptan la anterior razón y le agregan la piqueta de Laureano Gómez, en trabajo constante contra la fortaleza liberal. Dicen otros, que en Gómez fue más importante el número de delitos que evitó, que lo que hizo como historia en beneficio de la patria.

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