Cuando se cree tener la verdad


Uriel Escobar Barrios

Las mayores tragedias que han afligido al ser humano a lo largo de la historia han sido, sin duda, una larga cadena de dominaciones, guerras y masacres, sustentadas en una idea central: yo y el grupo o la nación a la cual pertenezco tenemos la razón y aquellas personas que no comulgan con ella son merecedoras de la explotación o del exterminio.

Sería interminable enumerar esos dolorosos hechos, sin embargo, se me vienen a la mente algunos de particular relevancia. La primera guerra documentada de la historia humana se produjo entre los años 2200 y 2130 a.C., y fue protagonizada entre los guti y los sumerios en Mesopotamia. Le siguieron la guerra del Peloponeso entre Atenas y Esparta (431-404 a.C.) y las tres guerras médicas entre Grecia y Persia (492-449 a.C.).

Más recientemente, los horrores de la I y la II Guerra Mundial (1914-1918 y 1939-1945, respectivamente); la guerra de Vietnam (1964-1975) y la guerra contra el terrorismo, que se inició en 2001 y ha durado hasta la actualidad. ¡Cuántas tragedias no han suscitado todos estos actos demenciales del ser humano! Millones de muertos, desaparecidos y desplazados.

Y algo de muchísima importancia y que no puede ser cuantificado: el profundo sufrimiento físico y psicológico que se provoca no solo a las personas que viven de cerca el conflicto, sino a los que son afectados por todos los devastadores fenómenos sociales que resultan de todo conflicto bélico. A pesar de todo esto, los humanos no hemos aprendido de la Historia y cada día nos sorprendemos más por expresiones de intolerancia que tratan de imponer las verdades personales como si fueran verdades universales.


El más reciente caso “para no creer” sucedió en un país vecino: la recién nombrada ministra de la Mujer, la Familia y los Derechos Humanos, la pastora evangélica Damares Alves, en medio del júbilo de sus seguidores dijo textualmente lo siguiente: “¡Atención, atención! Es una nueva era en Brasil: niño viste de azul y niña viste de rosa”. Y seguidamente anotó: “En este gobierno, la niña será princesa y el niño será príncipe.

Nadie va a impedirnos que llamemos a las niñas princesas y a los niños príncipes. Vamos a acabar con el abuso del adoctrinamiento ideológico”. Para Damares esa es su verdad y debe merecer todo el respeto; la pregunta es por qué las demás personas deben aceptarla. Lo más grave de esto es que, por el cargo de quien pronuncia este discurso, ahora en Brasil “los niños visten de azul y las niñas de rosado”. ¡Horror!

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