El legado de Albert


Alfonso Gutiérrez Millán

En nuestro grupo de politólogos, aficionados, volvemos con frecuencia sobre Albert Einstein, un científico “puro”que tuvo poco o nada que ver con la política activa pero de cuya obra, tal como aconteció con otras teorías que conmovieron los fundamentos culturales de la humanidad como la metodología de Descartes o la física de Newton, se desprenden consecuencias o agregados políticos de innegale influencia global. Veámoslo un poco.


Una de las obsesiones del genio fue la paz. Sus ideas sobre una especie de cogobierno mundial para segurar la paz y crear una consciencia planetaria sobre ella, sin duda contribuyeron a la formación de la ONU. Asimismo entendió que los mayores abusos contra la paz provienen de gentes convencidas de obrar en defensa de verdades absolutas, de importancia nacional y hasta científicamente indiscutibles. Fue, además de pacifista, un resuelto adversario político de los sistemas totalitarios asentados en creencias pseudocientíficas tales como la raza, la patria o la preeminencia de una clase social. El concepto filosófico más zarandeado por Einstein fue la noción de que existe una especie de “verdad absoluta”: no solo dejaría de existir el tiempo absoluto, sino el concepto de un espacio absoluto que se extiende sin límites hasta la eternidad de ese Dios que él consideraba, siguiendo a Espinoza, como la improbada noción de todo lo existente. La relatividad fue pues un durísimo golpe para los creyentes en sistemas científicos, políticos o sociales con pretensiones de permanencia histórica.


Aunque repugnaba de cualquier violencia, sugirió a Roosevelt la construccíon de la bomba atómica. Y aunque era consciente del peligro que esto representaba consideró que el totalitarismo nazifascista y el imperialismo japonés, con sus estrategias de “exterminar al otro”, constituían un riesgo político de tal naturaleza para la humanidad que al menos explicaría ante la historia la utilización del aterrador artefacto. Solía repetir que si la ciencia es aún primitiva en comparación con la inmensidad de los problemas de la naturaleza, pretender que ella produce verdades absolutas no pasa de ser un deseo: y consideraba esto como especialmente aplicable por aquellos científicos que se ocupan de problemas políticos.

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