El reino del gigante negro


Gonzalo H. Vallejo A.

Así llamó el psiquiatra cubano Emilio Mira y López a ese tirano que gobierna el reino de las secretas angustias con su ejército de imperativos categóricos. En su obra septuagenaria “Los cuatro gigantes del alma. El miedo, la ira, el amor y el deber” (1947), lo describió como “el más antiguo de nuestros enemigos anímicos” y como “el más astuto y capaz de enmascararse para ejercer su acción letal”.

Más que angustias, necesidades o deseos reprimidos, el miedo es ingenio y creatividad y es del odio y la irascibilidad su dios tutelar. Tímido, prudente y escrupuloso, sus parientes más cercanos son la ignorancia, el pesimismo y la cobardía; sus hijos adoptivos son la temeridad, la extravagancia y la crueldad. Al mercantilizar principios y valores, el entorno psico-social lo colectivizó, privatizando e individualizando, a su vez, el mundo veleidoso de las virtudes.

Aquellas historias que forman parte del acervo documental y literario universal, son higiénicos cuentos de hadas al lado del macabro, lúbrico y horroroso acontecer criminal colombiano. Historias como aquella “Sobre el extraño caso del doctor Jekill y mister Hide”, escrita por Robert Louis Stevenson; la vida del doctor Frankenstein descrita por la escritora inglesa Mary Shelley; las confesiones del caníbal homicida Hannibal Lecter contada por Thomas Harris en “El silencio de los inocentes”; las vicisitudes de Edward Prendick en “La Isla del doctor Moreau”, narrada por H. G. Wells; los cuentos macabros del dramaturgo británico Héctor Hug Munro; el patetismo de los relatos antipuritanos escritos por Nathaniel Hawthorne, las “Narraciones extraordinarias” de Edgar Allan Poe, las historias legendarias de Washington Irving o las novelas de terror estilo “Carrie” de Stephen King.


No olvidamos algunos maestros del cine negro: Wes Craven (Freddi Krueger), Stanley Kubrick (“La naranja mecánica”), Alfred Hitchcock (“Psicosis”), Quentin Tarantino (“Tiempos violentos”), Martin Scorsese (“Buenos Muchachos”), Brian de Palma (“Caracortada”), Tobe Hooper (“La masacre de Texas”), James Wan (“El juego del miedo”) y Sam Peckinpah (“Perros de paja”).

Nos alejamos de las tesis biologicistas peregrinas sobre la etiología de la violencia: falta de óxido nítrico en el intercambio neuronal; fisuras nerviosas en el lóbulo temporal del cerebro; un gen que se incrustó en nuestro ADN proveniente de las violentas tribus caribes. La violencia y el miedo no nacen con el ser humano: son factores psicosociales producto de las condiciones materiales, vitales y culturales en las que vivimos. La violencia pues, engendra el miedo y viceversa.

La dramática y lóbrega realidad que vive nuestro país y de la cual todos somos testigos y cómplices, se consigna en las páginas rojas y sensacionalistas de los periódicos y supera con creces las tramas sanguinolentas de la novela negra criolla. Ésta ha logrado colonizar un espacio muy importante en la literatura nacional. Un inventario juicioso viene haciendo la universidad de Antioquia, entidad que ha logrado catalogar más de 100 títulos en los últimos 30 años.

El profesor Gustavo Forero, uno de los investigadores más conocedores de la historia de la novela criminal en Colombia, afirma que en este país es muy difícil para un escritor apartarse de la crónica negra, aquella que describe ese diario discurrir doloso y corrupto por el que transita nuestra nación. El miedo hace parte de nuestra vida consuetudinaria y, a veces, a pesar o en contra de nuestra propia voluntad.

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