El sentido


Iván Tabares Marín

Cuando tratamos de explicarnos el sentido de la vida o el significado de los acontecimientos que nos afectan, para bien o para mal, recurrimos a la religión o a un texto escrito, la Biblia, y quedamos satisfechos de haber llegado a la verdad, de haber entendido lo que somos y de comprender el futuro que nos espera. En otras palabras, he aceptado que en el principio está el sentido y que tras esas escrituras hay un Otro, Dios, una Presencia, que garantiza la autenticidad del escrito. En el centro está el logos o el sentido o la clave de lo que soy y de lo que me pasa. La teología es logocentrista.


Para una mentalidad científica el análisis es distinto. La verdad --siempre relativa o incompleta--, la explicación y el significado de los hechos están en el futuro. Y no existe una consciencia o un sujeto que pueda garantizar el sentido, ya que la ciencia borra el sujeto o es objetiva. Al contrario de la teología, el discurso de la ciencia no se fundamenta en el principio de la historia y no postula una presencia o una consciencia o una autoridad personal como garante de la verdad o validez de sus teorías; tampoco es logocentrista porque no tiene una sola fuente de verdad o no pretende dar una explicación absoluta del todo.

Vuelvo a la cuestión religiosa. Los textos sagrados no fueron escritos por una persona que ya conocía la explicación de todo para darle sentido a la vida de los seres humanos; tampoco son los dictados de un Otro Divino. Fueron escritos por personas, como usted o como yo, con la intención de logra un efecto particular, oculto y no dicho por los sacerdotes o rabinos. Se trataba, en el caso de los judíos, de darle o inventarle un sentido o una razón a los sufrimientos, derrotas y esclavitudes de un pueblo. Para ello introdujeron un dios que había hablado en el principio.


En el caso del cristianismo, surgido en la crisis de los súbditos del imperio romano, se buscaba una respuesta para ellos; para que sus sufrimientos y desgracias lograran un sentido, también imaginado, pero efectivo en ese momento. El sentido, el Logos, la razón de todo era una presencia real, Jesucristo, como garante nuevo y sustituto del Dios ausente del Antiguo Testamento. Al convertir el mensaje en un escrito de cuatro versiones se daba a las generaciones futuras la “certeza” de la Presencia de Cristo y se restablecía el principio como verdad.


El mundo postmoderno o de hoy no cree que el sentido de la vida y de la historia está en el principio; más aun, no hay sentido. No existe un referente o realidad última que nos sirva de consuelo o nos dé seguridad. No tenemos un GPS último. No hay una presencia o un sujeto real a cuyo mensaje nos podamos acoger...

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