Fracasamos


Ernesto Zuluaga

Alguno de mis lectores pensará que me atrapó el pesimismo y si así sucediere habré logrado mi pretensión. A través de toda mi existencia he sido un hombre positivo que he practicado, casi hasta el estoicismo, la resiliencia o la capacidad de recuperarme de las situaciones adversas.

He pregonado la imperiosa necesidad de actuar siempre así y hasta me dejé cautivar por un mensaje popular que exalta esta virtud: “optimista es quien ve en cada calamidad una oportunidad y pesimista quien ve en cada oportunidad una calamidad”. La vida se define por la actitud que asumimos frente a ella y pertenezco a la orilla de aquellos que de manera optimista van por el mundo conquistando la felicidad a cada momento y en cada acción y afrontando con alegría y entusiasmo el porvenir.

Pero esta filosofía no es suficiente para hacerle frente a la realidad que podemos apreciar en la sociedad a la que pertenecemos, de la cual he hecho parte y he ayudado a construir. Ahora entiendo a mis hijos y a las nuevas generaciones. Son renuentes a tener descendencia o a que ésta sea numerosa, no quieren el matrimonio y prefieren las relaciones sin cadenas. No creen en las instituciones, ni en la democracia, ni en la política.

Tampoco en la paz, ni en los valores. Y no es por un acto de rebeldía como nos sucedía en el pasado cuando enfrentábamos al “statu quo” de nuestros padres y lo queríamos revolucionar todo. No. Es una expresión de escepticismo frente al mundo que encontraron, un rechazo a las características y atributos de la sociedad moderna. Quizás han renunciado a la posibilidad de cambiar las cosas y solo les queda resignación.


Para la época en que nací los valores de nuestra sociedad eran extraordinarios y estaban profundamente arraigados: la palabra era como una escritura pública, la urbanidad un propósito colectivo, la solidaridad una virtud generalizada, el civismo una huella indeleble. Respeto, sinceridad y tolerancia eran el pan de cada día. Hacíamos apología de la dignidad y de la honra. Éramos leales en la competencia y el servicio público era un honor y no una oportunidad de lucro.

Pero las cosas cambiaron. Aquellos valores empezaron a desaparecer; la compasión, la vergüenza, el pudor y la modestia se convirtieron en sinónimos de debilidad en el carácter. Regresamos a las épocas de las cavernas en las que la fuerza bruta primaba sobre todas las virtudes. Es como si la modernidad nos hubiera atropellado. En las últimas tres o cuatro décadas nos arrolló el desarrollo tecnológico. Internet, los computadores y los celulares nos cambiaron la vida. Hoy es imposible vivir sin smartphones, sin Facebook y sin whatsapp. La información es instantánea, pero manipulada.

La educación se centra en ella, pero olvida los valores. Llegamos a la luna, explotamos el átomo, desciframos el genoma humano, llevamos naves a los confines del sistema solar, miramos el universo, conquistamos el aire y revolucionamos el transporte y mientras todo esto sucedía nos olvidamos de nosotros mismos. Ya no miramos hacia adentro, ni procuramos mejorarnos como individuos. Arrasamos la naturaleza, matamos los animales, denigramos de quien no piensa igual que nosotros e incluso lo asesinamos. Don dinero se apoderó de la esperanza, de las metas y de los objetivos, del amor y de todo.


Se revuelca en mis entrañas una sensación de decepción que puedo advertir en la mirada de los jóvenes de hoy y siento entonces que no es mejor el mundo que le entregamos a nuestros hijos que el que recibimos de nuestros padres. Mi generación fracasó.

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