La fractura suramericana


Ernesto Zuluaga


La ausencia de jugadores negros en el equipo de Argentina me arrastró a la tarea de estudiar y analizar la génesis y la historia de ese hermoso país. ¡Vaya sorpresa! Me encontré con que el sur del continente americano, Suramérica, es un territorio fraccionado. Nunca, al menos después de la llegada de Colón en 1492, existió en él una comunidad homogénea o al menos con intereses comunes. La preponderancia del proceso de colonización español no fue suficiente y desde la llegada de los portugueses en 1500 el continente se quebró para siempre. Las pugnas entre las potencias europeas por los territorios suramericanos dieron lugar primero a dos grandes imperios, el portugués denominado Brasil y el español dividido en tres virreinatos: la Nueva Granada, el Perú y el Río de la Plata. Esta configuración se consolidó durante la época de la colonia y aún más durante las gestas de independencia. Parecía que en Suramérica habría dos grandes bloques, uno de naciones con ascendencia española y otro con la gigantesca Brasil de ascendencia portuguesa. Sin embargo las cosas dieron un viraje sorprendente y en el mapa surgió en el siglo XIX un tercer bloque compuesto por Argentina y Uruguay, países hermanos que se apartaron abismalmente de sus ancestros y de la idiosincrasia ibérica.


Se convirtieron en el territorio más xenofóbico y racista del continente. Al igual que en las demás naciones su población originaria sufrió una gran mortandad lo que produjo una catástrofe demográfica, razón por la cual los conquistadores europeos introdujeron como mano de obra esclavos secuestrados en el África subsahariana. Después de la independencia se inició una purga sin precedentes. Los negros fueron exterminados con una política sistemática de enviarlos a la guerra con el Paraguay y someterlos a epidemias no controladas y después, en 1880, el gobierno argentino consideró a los indígenas que aún quedaban como seres inferiores, sin los mismos derechos que los criollos y europeos; hicieron lo imposible por borrarlos como estructura social y hoy, un amplio porcentaje de la sociedad considera que en Argentina no hay indígenas porque la mayoría se extinguió o está a punto de hacerlo o porque «sus descendientes» se asimilaron a la civilización occidental y viven como cualquier otro ciudadano. Los pocos indígenas que quedan se ven obligados a ocultar su identidad de manera defensiva a fin de evitar ser objeto de discriminación racial.


La actual población argentina es el resultado directo de una gran ola de inmigrantes que ingresaron entre 1850 y 1950, mayoritariamente italianos y españoles. La Constitución Argentina contiene un artículo, el 25, que prohíbe establecer limitaciones para ingresar al país, a los “extranjeros que traigan por objeto labrar la tierra, mejorar las industrias, e introducir y enseñar las ciencias y las artes”. El mismo artículo le ordena al Estado fomentar la inmigración «europea». Este texto proviene de la constitución de 1853 que buscó fomentar la inmigración proveniente del noroeste de Europa.


La xenofobia es aún más grave: en 1919 en un barrio de Buenos Aires, durante la presidencia de Hipólito Yrigoyen, fueron atacados miles de judíos, asesinados, torturados, violados y sus viviendas quemadas. Luego en 1938, el canciller argentino dictó una orden secreta para impedir el ingreso de judíos al territorio nacional y luego se abrieron las puertas a algunos representantes del nazismo para que se ocultaran allí después de la guerra.
Recientemente, en 1996, le preguntaron el presidente Carlos Menem sobre la población negra de Argentina y respondió: “En Argentina no existen los negros; ese problema lo tiene Brasil”.
Suramérica está fracturada.

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