La izquierda y la democracia


James Cifuentes M.

En Europa una hay izquierda muy respetable, que ha llegado a gobernar por las vías democráticas y hasta hace coaliciones con la derecha de manera civilizada. En Colombia a todo lo que suene a izquierda se le desacredita vinculándolo con violencia y con armas. Los zurdos europeos son todos unos socialdemócratas pero los colombianos no pasan de guerrilleros.


La izquierda es la misma en cualquier parte del planeta, siempre que se le conciba no tanto como un estereotipo o una forma de vestirse, sino como un sentimiento, como una manifestación de inconformidad, como esa voz que no se calla y que propende por el relevo de los esquemas agotados o de los modelos que no funcionan; el cuestionamiento de todo lo que no está bien porque no conlleva al bienestar general ni a los objetivos de la de democracia.

Lo que muchos llaman “el establecimiento” subsiste precisamente porque su fortaleza proviene de la eternización y de la desesperanza que le hace pensar a la gente que es imposible el cambio; que una sola golondrina no hace verano, cuando hay millones de golondrinas surcando el mismo firmamento.


La izquierda es la capacidad de dar un giro, pegar un timonazo, ser capaces de mirar hacia otro lado cuando el progreso se estanca, cuando la justicia no brilla o las finalidades de un Estado no se están cumpliendo, en provecho de unos y en detrimento de otros.


Pensar como izquierda es atreverse a dar el paso, a tomar decisiones distintas, elegir a nuevos liderazgos, sin el auto chantaje de que “es mejor malo conocido que bueno por conocer”, dando por perdida la diligencia antes de hacerla, bajo la creencia de que todo esfuerzo será vano porque simplemente las cosas son como son.

Ser de izquierda es actuar en la medida de los sueños, es ir más allá de lo acostumbrado, es cambiar con ideas el curso de la historia; es pellizcarnos para sentir que estamos vivos y recordarnos que también contamos; que en la suma de los miedos está el fracaso mientras que en la suma de todas las voluntades descontaminadas y libres subyace la esperanza.


Llegó el momento para superar la concepción de la izquierda como una ideología belicosa procomunista, ligada a la rebelión y a las armas. Se puede ser izquierdista desde el corazón, sin jamás haber arrojado una piedra ni haber participado en alguna marcha; sin el discurso de la propiedad de la tierra y sin pensar que la derecha solo es cuestión de plata.


Se puede ser izquierdista sin leer a Engels o a Marx y sin escuchar la nueva trova cubana.

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