La posverdad y el poder del engaño


Gonzalo H. Vallejo A.

Lewis Carroll, en la segunda parte de “Alicia en el país de las maravillas” (“Alicia a través del espejo”, 1872), creó un personaje que ha tomado inusual actualidad. Humpty Dumpty, más conocido como Zanco Panco, una especie de huevo antropomorfo, sostiene un diálogo con Alicia: “Cuando uso una palabra –insistió Humpty Dumpty con tono de voz desdeñoso–, ésta debe decir lo que yo quiero que diga, ni más ni menos. “La cuestión –insistió Alicia– es si se puede hacer que las palabras signifiquen cosas diferentes”. “La cuestión –zanjó Humpty Dumpty– es saber quién es el que manda… Eso es todo”. 120 años después, este diálogo metafórico inspiraría un artículo del dramaturgo serbio-estadounidense Steve Tesich (“La nación”,1992) y pondría, en boca de todos, un neologismo que perdió en 25 años todo su sentido original: “Posverdad”.


El término nació como un dispositivo ético y sociolingüístico para combatir la manipulación mediática de que han sido víctimas los ciudadanos. Al descubrir que hasta la propia etimología se ha perdido, que la verdad no es más que una simple construcción social de la realidad, que la objetividad no existe y que éstas dos categorías (verdad y objetividad) son reducidas por los grupos de poder a simples expresiones con una clara intencionalidad económica o política, concluimos que históricamente han sido utilizadas como armas de control social al servicio de determinados intereses. Las intrigas políticas egipcias y grecorromanas que concluyeron en magnicidios; la irrupción, auge y decadencia de movimientos nazis, fascistas, falangistas, socialistas y sionistas; escándalos tales como Wikileaks, Anonymus o el reciente Facebook, han sido claro ejemplo de ello.
El engaño de 1835 sobre la existencia de vida en la luna; la adaptación radial del clásico de Orson Wells (“La Guerra de los Mundos”, 1938) narrando una invasión marciana y desatando una ola de pánico en New York y una asonada incendiaria conocida como la tragedia de Radio Quito ocurrida en 1949, son referentes del bien llamado “síndrome de la credulidad”. El escritor George Orwell (“1983”) afirmaba que son los victoriosos los que escriben la historia. Critias se valió de los sofismas moralistas de Sócrates para justificar la égida de los 30 tiranos; la casa Tudor contrató a Tomás Moro para que convirtiera en leyenda política la deformidad de Ricardo III y así acabar con la dinastía Plantagenet a finales del siglo XV; Nicolás de Maquiavelo fue un escritor de librea puesto al servicio de los intereses de la Casa Borgia para sublimar su poder y ni hablar de Rasputín…


En 1950, El senador Joseph McCarthy y el jefe del FBI John Edgar Hoover alimentaron en EE. UU., en tiempos de la Guerra Fría, el “Temor Rojo”, una fiebre paranoica consistente en ver “un comunista debajo de cada arbusto” intentando destruir el “american way of life”. El estratega político Karl Rove, asesor del Presidente George W. Bush, conocido como el maestro del spin (el arte de la mentira política), fue el creador de los mitos de Osama Bin Laden y Sadam Hussein que inspiraron las invasiones a Irak y Afganistán. Concluimos: la época actual se define por las mentiras que circulan en ambientes políticos y mediáticos y el abierto desprecio por los hechos y las evidencias. La alternativa está puesta en la pedagogía crítica digital, disciplina que moviliza competencias racio-emocionales para procesar y digerir los datos y la información consumidos a diario.

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