Se ganó una batalla, pero no la guerra


Juan Manuel Quintero

El pasado 17 de junio el pueblo colombiano asistió a la cita en las urnas con motivo de elegir al presidente que nos gobernará durante el próximo cuatrienio. Estos comicios serán recordados por ser unos de los que mayor interés generaron en el elector, obteniendo los niveles de abstención más bajos en los últimos veinte años. Consecuencia de una polarización, que nos hizo recordar la época de Laureano Gómez y Jorge Eliécer Gaitán. Siendo Duque más moderado que el primero y Petro más extremista que el segundo.


Pero conocidos los resultados, en los que por fortuna ganaron la democracia y el país, hay que analizar lo que viene para Colombia. El primer reto para el nuevo presidente es conformar un gabinete de personas capacitadas y jóvenes, como él mismo lo dijo, sin dejar de lado a las mujeres y la población afrodescendiente. Este gabinete debe tener como objetivo desmarcarse del gobierno saliente, no sólo por sus ideas, sino también por su forma de gobierno, que tendrá como premisa desterrar la corrupción y el clientelismo que reinó en las instituciones del Estado durante los últimos ocho años.


El segundo reto consiste en revisar los acuerdos que se firmaron en Cuba, sin hacerlos trizas como dicen muchos. Pero eso sí, garantizando que su implementación sea lo suficientemente clara y responsable, para que nos proporcione una paz estable y duradera. Pues lo que hemos visto hasta el momento, ha sido un festival de beneficios y alcahuetería a favor de los miembros de las Farc. Por lo que yo me pregunto; ¿Cuándo llegará el momento de las víctimas?
La responsabilidad se vuelve aún más grande, si tenemos en cuenta que desde el Senado habrá un enemigo que no da tregua, que sigue hambriento de poder y que junto a sus amigos de las Farc y Venezuela, no descansará hasta controlar el destino del país. Ese enemigo del gobierno entrante, como todos lo sabemos, se llama Gustavo Petro. Un personaje tan camaleónico como peligroso. Que con su discurso populista supo capitalizar los votos de la izquierda y de aquellos que ven en Uribe el enemigo a vencer. Aquel que durante la campaña cambió su discurso de forma desesperada con tal de convencer incautos. Ese mismo que antes veneraba al socialismo de Chávez y amenazaba a Ardila Lule con quitarle Incauca, pero ahora se presenta como un capitalista moderno y defensor de la empresa privada.


Por eso, está bien que el nuevo mandatario celebre la victoria, pero será aún mejor, si la aprovecha para borrar de una vez por todas de nuestro país el fantasma del socialismo. Y esto sólo se hace con un excelente gobierno.

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